Nacer
Los duelos son parte del paquete de la vida. Cuando nacemos perdemos la dependencia total del claustro materno, nuestro entorno seguro donde no nos preocupábamos de nada; la comida y el oxígeno llegaban por sonda, todo estaba cien por ciento controlado por el diseño divino para que, al nacer, estrenáramos los pulmones; el comité de bienvenida nos saca de la nariz y boca flemas y, para finalizar la feliz recepción a la vida en la carne, nos dan un primer golpe, la famosa nalgada “pa’ que llore el chiquillo” o el recién nacido.
Nacer trae pérdidas inherentes, obvio dolor y, muchas veces, sufrimiento fetal. Así que es necesario, vital y trascendente entender el dolor como un aliado que si no te mata, te hace fuerte. Echemos a volar la imaginación para visualizar diferentes momentos de la vida de Pablo; comenzamos con él en crisis donde está con los de Corintio al imite, me lo imagino jalándose el cabello: TOLÉRENME UN POCO DE LOCURA porque yo les he aguantado muchos disparates, deserciones y una y otra vez anunciándoles las buenas nuevas de salvación por la fe en el hijo de Dios, y ustedes regresan a querer justicia por las obras.
¿Por qué no podemos recibir amor? ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar un regalo sin haber pagado o sin comprometernos a pagarlo? Porque es un regalo dado por buena voluntad.