El regocijo
Hay otro nivel de emoción, el regocijo, y este supera la euforia y activa, como en cascada, tus sistemas muscular, óseo, respiratorio, cardiovascular y más. Te suben los colores al rostro, se acelera el corazón, agitas tus brazos, saltas o te desplomas sobre tus rodillas, y todo tu cuerpo está en modo tsunami por un cóctel hormonal que comienza con un shot dopaminérgico que pone a circular a mil por hora todo dentro de ti incontenible, como el gol de la final que le da el triunfo a tu equipo, la canasta del último segundo que entró para superar el empate, o la lista de ganadores de una beca o rifa entre amigos donde aparece tu nombre. Para vivir el regocijo necesitas darte a ti mismo las libertades de sentir, expresar y compartir con el mundo sin complejos ni prejuicios sobre lo que opinen; sólo importas tú, y es tan válido que mereces regalarte esas vacunas rejuvenecedoras de la felicidad en tres escalas: vive en contentamiento, gózate con lo que tienes y regocíjate cuando Dios te sorprenda gritándote amorosamente: ¡Ey!, soy tu fan, soy tu compañero de viaje, estoy contigo paso a paso.