EL verdadero amor no es algo que se siente, es alguien.
La historia de tu vida no comienza desde tu concepción, sólo tus memorias bioemocionales, porque todo inicia desde cómo nuestros padres se conocieron, cómo se enamoraron y sobrellevaron su relación, si fue romántica, sentimental, pasional o temperamental, amor a primera vista o deseo lujurioso de un ratito. Nuestra historia se engarza con la suya desde mucho antes de que naciéramos; por eso, aunque hayamos crecido en ambientes amigables y armoniosos en la infancia, a veces hay tormentosos procesos de desajuste y sentimientos de rechazo a ser amados, y hasta autorechazo. Incluso nos convertimos en saboteadores de nuestra propia felicidad.
Pero hay una verdad bíblica extraordinaria, Dios nos conoce desde antes de la fundación del mundo, no sólo desde el vientre de mamá. Dios es real y nos conoce desde la eternidad y hasta la eternidad. No sé si puedas creerlo porque hacemos juicios muy emocionales, como: ¿Dónde estaba ese Dios de amor cuando fui maltratado, o abandonado o abusado? Y ese pensamiento es ajenjo en las memorias ancestrales de la humanidad, Si de verdad existe Dios, ¿por qué permitió…? Es lo más fácil del mundo repartir culpas y tirar golpes al aire. Por eso, en este mes que se celebran el amor y la amistad, quise abordar este tema. Piensa un momento muy seriamente, ¿te cuesta dejarte amar?, ¿sientes que no mereces tanto o que no te han dado lo que merecías? De tu respuesta dependerá si atraes o alejas la experiencia de ser y sentir la inclusión, integración y sentido de pertenencia como precursores de tu capacidad de ser feliz y hacerle el día a los demás. ¿Sabes por qué? Porque hay algo más poderoso que lo que Dios diga y piense de ti, TÚ; lo que tú piensas y dices de ti mismo, limita o expande tus posibilidades de autorealización. Creerle a Dios hace la gran diferencia en nuestras vidas. Mira lo que dice Pablo a los Efesios 1: “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros.”